INDEPENDENCIA, SOCIALISMO Y JUVENTUD


      4. LA JUVENTUD COMO FUERZA REVOLUCIONARIA.

      Históricamente, la juventud trabajadora y campesina, y en bastante menor medida la pequeño burguesa, ha sido el motor principal de los procesos revolucionarios en general y con especial significación en las guerras revolucionarias de liberación nacional. Es normal que sea así, pero el cinismo del poder hace esfuerzos inmensos para ocultar esta realidad, o para tergiversarla. Por lo general, las personas mayores van perdiendo impulso y decisión psicológica para la lucha conforme envejecen. Frecuentemente es un proceso que no corresponde a causas biológicas sino a debilidad de su conciencia política, a los desengaños producidos por las traiciones del reformismo político y sindical, a las derrotas sufridas y no analizadas autocríticamente, al acomodamiento egoísta, al miedo por el futuro propio y de la familia, etc. Sin embargo, si las organizaciones revolucionarias consiguen no cometer estos y otros errores e incluso crean e impulsan programas, reivindicaciones y colectivos para las personas adultas, si sucede esto, es normal y frecuente que también participen activamente en la lucha. En Euskal Herria, estos y otros factores han logrado que una apreciable cantidad de personas mayores intervengan activamente en muchas luchas y movilizaciones casi permanentemente.

      Pero hemos de recordar que esas personas fueron jóvenes en su tiempo y entonces también echaron pestes contra lo que entendían y demasiadas veces veían como "pasividad de los mayores". Sin embargo, uno de los méritos de esas personas, y de otras --generalmente amatxos-- que por las presiones del sistema patriarcal no se movilizaron tanto en la militancia en la calle, ha sido el de mantener viva la conciencia abertzale y la memoria militar y de lucha de nuestro pueblo, enseñándosela a los jóvenes de la década de 1950, por poner una fecha significativa y que inicia el proceso ascendente de emancipación independentista y socialista. Desde entonces a esta parte, ha sido decisiva la participación de la juventud abertzale, revolucionaria, en el proceso independentista y socialista. Ahora sólo vamos a sintetizar esta decisiva participación en siete constantes típicas que a su vez son seis lecciones que no deben olvidarse nunca, aunque su nivel de aplicación concreta dependerá de los momentos, de las coyunturas y de las necesidades tácticas de la lucha de liberación y del proceso de construcción nacional.

      La primera lección, que se remonta a bastante más allá de finales de la década de 1950, es que la juventud vasca ha tenido casi siempre consciencia de la extrema importancia de la buena, ágil y permanente interrelación de todas las formas de resistencia a la opresión nacional y de clase. No podemos hacer aquí siquiera un repaso de cómo la juventud vasca se ha caracterizado, de un lado, por rechazar la participación en las fuerzas represivas de los Estados ocupantes, y, de otro lado, por aplicar su derecho inalienable a defenderse de los ataques que sufría como juventud y como pueblo trabajador. Es una verdad admitida a regañadientes por los historiadores oficiales que la juventud vasca se ha caracterizado y se caracteriza por una rotunda y radical negativa a hincar la rodilla. Esta constante histórica también es confirmada y reafirmada por los estudios sociológicos i más recientes realizados por investigadores llamados "neutrales". Pero no se pueden conocer plenamente las razones sociales e históricas de semejante característica colectiva sin estudiar el importante papel que juega la llamada "memoria militar" de un pueblo, es decir, el conocimiento de los sacrificios que han asumido y pagado las generaciones pasadas para mantener vivo ese pueblo.

      Llegamos así a la segunda lección que debemos aprender: la necesidad de que el pueblo y en especial la juventud valore en su enorme importancia el mantenimiento de la memoria de lucha y de la conciencia nacional. Si se rompe esa continuidad, las generaciones siguientes deberán empezar de nuevo, con todos los costos innecesarios y errores evitables que ello supone. ¿Cómo hacer esto? Por un lado, agilizando las relaciones entre la juventud autoorganizada y las organizaciones adultas; por otro, prestando especial atención a la re-construcción de la historia vasca tal cual la vivió el pueblo trabajador, y no tal cual la falsifica la historiografía española y francesa, y la malinterpreta interesadamente el regionalismo. Ahora bien, la juventud abertzale ha de prestar especial atención a la crítica implacable de la historia oficial, la del poder, que siempre falsifica, desvirtúa o niega el decisivo papel de la juventud. En la historia oficial, la juventud está prácticamente ausente, como si no existiera, pero ha sido ella la que en los momentos cruciales lo ha entregado todo por Euskal Herria. Y una juventud ignorante de su historia, convencida de que siempre ha sido pasiva y obediente, sumisa, sin historia propia, es una juventud acomplejada, sin orgullo ni autoestima, y por tanto sin capacidad de autoorganización propia.

      Esto nos lleva a la tercera lección que consiste en la necesidad obvia de la autoorganización juvenil. Toda la estructura del poder burgués --estatalistas y/o regionalista, pero siempre adulto-- está diseñada e interviene para impedir la concienciación y la autoorganización juveniles, y semejante obsesión se agudiza en lo cualitativo cuando, además y sobre todo, hay que desnacionalizar a una juventud luchadora. La organización juvenil, en este nivel de la reflexión, ha de cuidar con especial mimo, además de lo antes visto sobre la re-construcción de la propia historia, también la doble tarea de, una, demostrar la esencial unión del futuro de la juventud con el futuro de la independencia y el socialismo en base a los acuciantes problemas concretos que le afectan y, otra, mantener siempre activo el flujo de entrada de los más jóvenes para compensar la salida de los menos jóvenes. Ambas tareas se conjugan en una tarea decisiva cual es la de construir en la práctica algo parecido al "orgullo juvenil". Una de las características del poder adulto, al margen de quien lo aplica en cada caso, es que idiotiza y desorienta a la juventud con "alternativas" falsas y tramposas como el botellón, el passotismo, las drogas, el gamberrismo y el individualismo nihilista y fatuo, etc.; la convierte en jóvenes envejecidos, pasivos y disciplinados, sin capacidad crítica y menos aún constructiva. Pero el "orgullo juvenil" debe basarse en las conquistas materiales de la juventud, en la demostración práctica de lo que ha logrado hacer y lo que ha conquistado, y esto exige, además de una imprescindible y suficiente formación teórica sobre los problemas que le afectan, también una rentabilización y divulgación pública de esos logros en primer lugar a los demás jóvenes, pero también a sus entornos familiares y al pueblo en general, y sobre todo a sus relaciones con el sindicalismo.

      Precisamente la cuarta lección se deriva en directo de lo anterior y concierne a las relaciones estrechas entre la juventud autoorganizada y el sindicalismo independentista y socialista. Tengamos en cuenta que la inmensa mayoría de la juventud es de origen obrero aunque no sea asalariada. Para entender esto hay que explicar los rudimentos del marxismo, cosa que haremos al final. Tengamos en cuenta que la juventud obrera seguirá siendo obrera cuando deje de ser joven y aunque obtenga un puesto de "trabajo", de explotación, con un salario incluso algo más alto que la media social. Desde esta perspectiva hay que analizar tanto la extrema dureza de los ataques capitalistas actuales, que sin embargo resucitan tácticas del capitalismo del siglo XIX con el retroceso histórico que ello implica, como la urgencia de una práctica socialista radical, coherente y unida en lo decisivo a la lucha del pueblo trabajador. Por decisivo ha de entenderse el hecho estructural de la explotación asalariada de la juventud en cuanto es juventud trabajadora. Lo secundario, aunque también muy importante, es el hecho de la explotación asalariada particular en cuanto a qué fracción de la clase obrera se pertenece, qué trabajo asalariado se realiza, qué niveles de explotación y disciplinas laborales se sufren, que derechos sindicales han sido negados o restringidos, etc. Pero incluso esto segundo nivel exige a su vez una correspondiente relación vital con el movimiento obrero abertzale. Teniendo en cuenta esto, hay que considerar tres criterios imprescindibles como, uno, la juventud autoorganizada debe organizarse dentro del sindicalismo abertzale en su puesto de trabajo pero ha de mantener a su vez su propia autoorganización juvenil en cuanto es ésta la que garantiza la independencia de pensamiento y práctica global joven; dos, un objetivo básico de la autoorganización juvenil ha de ser el de formar a sus militantes en un intransigente rechazo a toda burocracia y gerontocracia, es decir, a la inercia objetiva a concentrar las decisiones en los despachos ocupados por sindicalistas envejecidos y alejados de las fábricas, y tres, un objetivo básico del sindicato ha de ser el de formar con especial eficacia a sus miembros jóvenes para que puedan primero llevar ellos mismos sus propias luchas y después puedan asumir cada vez más tareas internas en el sindicato, cubriendo los vacíos que deben ir dejando los liberados cada período determinado congresualmente. Pues bien, estos tres criterios básicos deben contrastarse siempre con las luchas concretas, con sus resultados, con la participación juvenil en ellas y con las posturas que han tomado los sindicalistas "viejos".

      En este sentido, la quinta lección que la juventud ha de aprender en cuanto sujeto revolucionario es que si bien debe y puede desarrollar la visión específicamente juvenil de todos los problemas que afectan a Euskal Herria, o al menos a los fundamentales y más urgentes si es que no pueden atender a la totalidad de ellos, también debe pedir y hasta exigir consejos, ayudas e informaciones del resto de colectivos y grupos. En la práctica, ya se realiza esta visión específicamente juvenil y existen muchos campos de intervención que lo demuestran, desde los gaztetxes hasta las movilizaciones pasando por otros temas. El problema surge cuando, por un lado, su complejidad desborda a la capacidad juvenil, para lo cual ésta ha de pedir ayuda; pero también, por otro lado, cuando ha de rentabilizar y divulgar esa visión y sus logros, cuando una y otra vez los jóvenes comprueban que la prensa los silencia sistemáticamente, los deslegitima y criminaliza los decisivos y fundamentales. También en estos casos, desgraciadamente muy frecuentes, la juventud debe contar con el apoyo de otras organizaciones y colectivos. Quiere esto decir que existe una seria distancia entre lo que se hace y lo que se conoce, y que esta distancia oculta los logros y las conquistas de la lucha juvenil a los propios jóvenes, a una parte más o menos grande, con las consecuencias negativas que eso supone. Y más temprano que tarde, si la juventud autoorganizada no expande el orgullo de ser joven y revolucionario, abertzale, el poder adulto, el poder del sistema dominante, terminará aislando e incomunicando a los jóvenes autoorganizados rompiendo la continuidad de la lucha y asfixiando y ahogando el futuro de la lucha juvenil, que no es sino el futuro mismo de todo el proceso independentista y socialista porque, tarde o temprano, esos jóvenes deberán coger las riendas de la lucha. Por tanto, es la totalidad de la izquierda abertzale la que debe participar en la divulgación y rentabilización de las conquistas juveniles.

      Romper el cerco de silencio es una necesidad imperiosa, y una lección, la sexta, que se deriva de las amargas derrotas de las organizaciones juveniles en todo el planeta. La historia de la lucha juvenil europea, por ejemplo, está llena de grupos juveniles que aparecen y crecen en determinados períodos críticos, tomando conciencia de la opresión que sufren; grupos que se coordinan con más o menos efectividad y que incluso llegan a hacer aportaciones importantes pero que, casi indefectiblemente, empiezan a declinar, comienzan a tener grandes dificultades para asegurar la entrada de nuevos jóvenes mientras aumenta el cansancio y el abandono de militantes y concluyen disolviéndose en la nada. Muchas son las razones que explican estas derrotas --inexistencia de un movimiento revolucionario global que integre y respete a la lucha juvenil; fuerza asimiladora de la burguesía y represora de los aparatos de Estado, y presiones masivas del poder adulto y del sistema familiar y educativo; indiferencia y pasividad de la "izquierda" oficial ante la juventud, y colaboración con el poder establecido; errores recurrentes de la juventud, incapacidad para resistir a las ofensivas de las drogas y del consumismo, desconexión total con el movimiento obrero y sindical y con los movimientos populares y sociales, etc.-- pero no debemos menospreciar la función de los llamados "medios de comunicación" incidiendo permanentemente en todos los citados y en otros muchos, y sobre todo criminalizando a la juventud más activa. Pero también es una necesidad de las organizaciones adultas porque se juegan su propio futuro ya que, por ley biológica, su militancia envejecerá e irán siendo cada día menos, hasta desaparecer.

      La séptima lección aconseja aumentar el internacionalismo de la juventud independentista. Desde su mismo nacimiento, la izquierda abertzale ha prestado toda la atención que ha podido, dentro de sus limitaciones, al internacionalismo en general y en abstracto; pero en concreto y en lo particular su internacionalismo ha sido enorme si por tal entendemos el hecho objetivo de que la mejor ayuda que un pueblo oprimido puede dar a otro también oprimido es liberarse a sí mismo cuanto antes, o al menos lograr conquistas prácticas que faciliten e iluminen la lucha de los demás. En este sentido, el verdadero, el internacionalismo abertzale es impresionante porque sus logros y conquistas aparecen hoy como uno de los referentes obligados a toda práctica y teoría no sólo revolucionaria sino también simplemente democrática. Y la juventud abertzale ha jugado, como es lógico, un papel destacado. Ahora bien, por razones que no podemos exponer ahora, en la última década del siglo XX el capitalismo está avanzando mucho en la mayor y mejor centralidad operativa de sus diversas fuerzas represivas estatales, disciplinándolas y, lo más reciente, unificando sus objetivos, tácticas y estrategias dentro de un proceso de homogeneización de sus códigos y leyes. Naturalmente, como siempre, la industria político-mediática, la "prensa", cumple una tarea fundamental en la uniformización represiva. Frente a tal reordenamiento de los poderes represivos, las organizaciones juveniles han de aumentar su internacionalismo solidario como una tarea constante y consustancial a su propia praxis militante.

      Las siete lecciones --relacionar formas de autodefensa, re-construir la memoria propia y colectiva, autoorganización y orgullo juvenil, alianza estratégica con el sindicalismo abertzale, elaborar su teoría y práctica revolucionaria, romper el cerco de silencio mediático, y, aumentar su internacionalismo-- no anulan otras que no se pueden exponer, y menos aún han de ser vistas sin interrelación mutua y sin integrar problemáticas decisivas como la lucha contra el sistema patriarcal, criticar el orden familiar burgués, criticas el orden educativo, etc. Resulta obvio que desde la concepción del independentismo abertzale como una totalidad sistémica que se enfrenta irreconciliablemente con la totalidad sistémica del capitalismo y la opresión nacional que le es inherente, desde este antagonismo, no puede existir ninguna opresión y explotación, ninguna injusticia por parcial y ceñida que esté a un grupo muy minoritario, que quede fuera de la práctica de la juventud abertzale. Si quedase al margen alguna de ellas, esa juventud dejaría de ser revolucionaria. Pero entonces surge una pregunta básica: si debemos atender a todas las injusticias ¿cómo hacerlo teniendo en cuenta que nuestros recursos son limitados? ¿Cómo decidimos cuáles son las luchas decisivas y prioritarias, que requieren las mayores energías, y qué recursos menores debemos dedicar a las restantes? La respuesta a estas y otras preguntas sobre la misma cuestión nos lleva al debate entre el marxismo y el resto de teorías revolucionarias.


      5. EL MARXISMO COMO TEORÍA ABERTZALE

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